Salud mental, infancias, moda y crueldad

La conceptualización de la práctica musicoterapéutica que construye su especificidad se puede ubicar hoy en superar la representación social de una especie de actividad que entretiene o la ilusión de una farmacopea musical que, en manos de personas con título, viene muy bien para aquellos niños con los que ya nadie sabe qué hacer.

Trabajamos en el campo expresivo adentrándonos en una clínica particular que opera en las trincheras de la salud mental, descifrando interioridad y apostando al cambio saludable que las huellas vivenciales del encuentro clínico musicoterapéutico produce en la construcción de la experiencia de los niños y sus familias. Un hacer que renueva una y otra vez los interrogantes sobre los niños, nosotros y la vincularidad.

Allí donde un niño que sufre es apenas oído en su ruido, un Musicoterapeuta puede, con su escucha experta, hacer de ese decir un lenguaje.

Interdisciplinar en la clínica de niños pequeños, implica un profundo trabajo de enlaces e involucramiento. Una red que se teje con respeto por las especificidades disciplinares. “Lo sonoromusical”, en tanto andamiaje de la subjetividad, es el núcleo de la clínica musicoterapéutica en la temprana infancia.

La infancia comenzó a perder su derecho a la escucha de la singularidad cuando se describió todo padecimiento emocional infantil como de origen neurobiológico y como desorden del neurodesarrollo. Con ese lapidario enunciado, comenzó a hacerse cada vez más difícil dar lugar a la interioridad que se expresa en cada manifestación.

Hoy sabemos de los múltiples modos de manifestación del padecimiento emocional y psíquico en la infancia. Saberes que al menos deberían alertar a todos los profesionales involucrados en el diagnóstico, acerca de lo devastador que puede ser para un niño malinterpretar sus manifestaciones o al menos reducirlas a un efecto neurobiológico que no lo incluye en el mundo amoroso que lo desprecia.

La lógica tratante del “funcionamiento infantil” implica un modelo terapéutico funcional al sistema de consumo. Consumo de capacitaciones, técnicas, métodos, materiales para hacer funcionar a los niños (¿rebeldes?). En perfecta coherencia con el modelo funcional de abordaje del sufrimiento infantil, el niño diagnosticado es objeto de producción y venta de múltiples mercancías (métodos, técnicas, juguetes, etc.), cuya implementación supondría éxito en la medida que se cuente con la correspondiente certificación otorgada por la marca registrada de la empresa que la vende.

Se crea y aumenta una demanda que alimenta el consumo para el que se necesita una razón diagnóstico epidemiológica, y así se banaliza el acercamiento al paciente y su sufrimiento, se descuida el modo en que se les comenta a los padres las presunciones diagnósticas, se apresura el dictamen.

El niño es consumidor o consumido, quedando atrapado en una lógica de dominación (concepción biopolítica de la infancia), mientras las prácticas subjetivantes van en franco desprestigio tanto por el avance de la comercialización de la salud, como por el desacertado modo culpabilizador parental de algunas orientaciones hegemónicas en el campo del padecimiento mental infantil.

Adentrándonos en los andamiajes de la subjetividad humana, encontramos aquello que pensamos solo la adornaba, como la musicalidad primordial que corporiza, la sensibilidad del encuentro en un más allá del piel a piel, la amorosidad de los tratos que deviene ternura en el alivio.

Así como es imposible reducir la sonoridad humana al cuerpo o a la palabra, así es de imposible reducir al sujeto a una etiqueta diagnóstica.

 

Alejandra Giacobone, 2018

 

GIACOBONE, A. (2018) Salud mental, infancias, moda y crueldad, ACTUALIDAD PSICOLÓGICA Periódico mensual, Septiembre 2018 AÑO XLIII N° 477 Diagnósticos en la infancia.

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